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Salud Mental LGBTIQ: Pedir ayuda es el primer paso

Conocí el Federico Mora a los 19 años. No fue por ninguna casualidad. Estaba en un episodio depresivo que me llevó a una recaída emocional de la que no lograba salir. No tenía interés en comer. Había perdido más de 40 libras de peso y mi demacrado aspecto físico resaltaba las ojeras en mi rostro y los cortes frescos de navaja en mis brazos. No podía dormir. Conciliaba el sueño solo cuando mi cuerpo caía exhausto.

Ingresamos por emergencias. Por un par de horas, pasé de cuarto en cuarto, todos fríos y poco amigables, donde debía sentarme en una silla solitaria frente a grupos de estudiantes y enfermeras tomando notas. Sus ojos escaneaban mi cuerpo con rapidez mientras me hacían preguntas para mi récord médico. ¿Drogas? ¿Alcohol? ¿Alguna herida? Me obligaron a quitarme el suéter con marcas secas de la sangre que aún salía de los cortes. 

Tras varios procedimientos y una breve reunión con la psiquiatra, me diagnosticaron un trastorno depresivo mayor y ansiedad. Hoy puedo decirlo con más facilidad, pero en un país como Guatemala, la salud mental sigue siendo un tabú. La falta de información y recursos lo convierte en una conversación difícil que preferimos ignorar. Pensamos que la terapia está destinada a unos pocos que pueden costearla, o a los que están muy locos – perdidos, incluso. 

No pensaba que podía estar deprimido porque tenía casa, comida y educación. Creía que era algo reservado para personas que tuvieran problemas reales y no adolescentes que apenas conocían de la vida.

Logré sobrellevar mi estado emocional con altibajos durante algunos años. Pero en el fondo, el momento de crisis que estaba viviendo era un punto de quiebre para una serie de aspectos de mi vida para los que no había tenido las herramientas, ni el acompañamiento, ni el apoyo para sobrellevar. 

“Normal”

Ese día en el hospital, la última persona que me hizo una serie de preguntas de protocolo tocó el tema de mi orientación sexual. «¿Es usted heterosexual, homosexual, bisexual o trans?», preguntó sin cuidado, «O como sea», añadió innecesariamente. 

Me mantuve en silencio –mis padres estaban detrás de mí, escuchándolo todo-. Como no quería entrar en detalles, mentí. Aún no me sentía listo para tener esa conversación: «Soy heterosexual».

No voy a olvidar nunca la respuesta: «Muy bien, es usted normal entonces», seguido de una cordial invitación a pasar a esperar a la otra sala. Más allá de la completa falta de necesidad de emitir un comentario así en ese contexto, dudar sobre mi orientación sexual también era una parte de la razón por la que me encontraba ahí.

El episodio depresivo que me llevó al Federico Mora ocurrió poco tiempo después de haber terminado mi primera relación formal. Me fui a vivir independiente de mi familia, no sin dañar mi relación con ellos en el proceso y, al poco tiempo de haber terminado con mi ex, me había quedado sin empleo, sin dinero y sintiéndome profundamente solo. 

Pedir ayuda

Salí del hospital con medicinas y un compromiso de volver cada par de semanas para conversar con la psiquiatra y recibir una receta nueva. Comencé a asistir a terapia y tomé mis medicamentos a las horas correctas.  No volví a tocar una navaja más que para rasurar mi rostro. 

Entonces no sabía dónde iba a dirigirme tras obtener ayuda, pero hoy sé que preocuparnos por nuestra salud mental y trabajar en nuestra inteligencia emocional es el pilar fundamental para vivir una vida plena. 

La lucha más fuerte fue la interna. Tenía miedo de volverme adicto a las pastillas o a quedarme atorado en ese estado emocional para siempre. Pero al final de todo, entendí que pedir ayuda es el reto más grande, pero también el paso más importante. Que reconstruirse durante y después de una crisis de depresión y ansiedad requiere mucho amor, comprensión, trabajo, y autoexploración. Y todo esto puede ocurrir al buscar la ayuda adecuada, ya sea terapia o medicamentos. 

Ser vulnerable no significa ser débil.

Hoy, dos años después, lo entiendo.


Esta columna fue publicada originalmente en el espacio de Visibles en Nómada.

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